REINA DEL MONTE CARMELO

martes, 23 de agosto de 2011

homilias de las jmj2011

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viernes, 12 de agosto de 2011

Bienvenido Benedicto XVI


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martes, 9 de agosto de 2011

Ante las JMJ2011 El Santo Padre dice:

01/08/2011
Benedicto XVI pide que se rece por el éxito de la JMJ
Cada mes el Papa comparte una intención de oración.
En este mes de agosto, la intención general es:
“Para que la Jornada Mundial de la Juventud que
se realiza en Madrid aliente a todos los jóvenes
del mundo a fundar y arraigar su vida en Cristo.”.

El Papa también presenta un intención de oración
misionera. En agosto se rezará “para que los
cristianos de Occidente, dóciles a la acción del
Espíritu Santo, reencuentren la frescura y el
entusiasmo de su fe".




MENSAJE DEL SANTO PADRE
BENEDICTO XVI
PARA LA XXVI JORNADA MUNDIAL DE LA JUVENTUD
2011



“Arraigados y edificados en Cristo,
firmes en la fe”(cf. Col 2, 7)


Queridos amigos

Pienso con frecuencia en la Jornada Mundial de la
Juventud de Sydney, en el 2008. Allí vivimos una
gran fiesta de la fe, en la que el Espíritu de Dios
actuó con fuerza, creando una intensa comunión
entre los participantes, venidos de todas las
partes del mundo. Aquel encuentro, como los prece-
dentes, ha dado frutos abundantes en la vida de
muchos jóvenes y de toda la Iglesia. Nuestra mirada
se dirige ahora a la próxima Jornada Mundial de
la Juventud, que tendrá lugar en Madrid, en el mes
de agosto de 2011. Ya en 1989, algunos meses antes
de la histórica caída del Muro de Berlín, la
peregrinación de los jóvenes hizo un alto en España,
en Santiago de Compostela. Ahora, en un momento en
que Europa tiene que volver a encontrar sus raíces
cristianas, hemos fijado nuestro encuentro en Madrid,
con el lema: «Arraigados y edificados en Cristo,
firmes en la fe» (cf. Col 2, 7). Os invito a este
evento tan importante para la Iglesia en Europa y
para la Iglesia universal. Además, quisiera que todos
los jóvenes, tanto los que comparten nuestra fe, como
los que vacilan, dudan o no creen, puedan vivir esta
experiencia, que puede ser decisiva para la vida: la
experiencia del Señor Jesús resucitado y vivo, y de
su amor por cada uno de nosotros.

1. En las fuentes de vuestras aspiraciones más grandes

En cada época, también en nuestros días, numerosos
jóvenes sienten el profundo deseo de que las relaciones
interpersonales se vivan en la verdad y la solidaridad.
Muchos manifiestan la aspiración de construir
relaciones auténticas de amistad, de conocer el
verdadero amor, de fundar una familia unida, de adquirir
una estabilidad personal y una seguridad real, que puedan
garantizar un futuro sereno y feliz. Al recordar mi
juventud, veo que, en realidad, la estabilidad y la
seguridad no son las cuestiones que más ocupan la mente
de los jóvenes. Sí, la cuestión del lugar de trabajo,
y con ello la de tener el porvenir asegurado, es un
problema grande y apremiante, pero al mismo tiempo la
juventud sigue siendo la edad en la que se busca una
vida más grande. Al pensar en mis años de entonces,
sencillamente, no queríamos perdernos en la mediocridad
de la vida aburguesada. Queríamos lo que era grande,
nuevo. Queríamos encontrar la vida misma en su
inmensidad y belleza. Ciertamente, eso dependía
también de nuestra situación. Durante la dictadura
nacionalsocialista y la guerra, estuvimos, por así
decir, “encerrados” por el poder dominante. Por ello,
queríamos salir afuera para entrar en la abundancia
de las posibilidades del ser hombre. Pero creo que,
en cierto sentido, este impulso de ir más allá de lo
habitual está en cada generación. Desear algo más que
la cotidianidad regular de un empleo seguro y sentir
el anhelo de lo que es realmente grande forma parte
del ser joven. ¿Se trata sólo de un sueño vacío que
se desvanece cuando uno se hace adulto? No, el hombre
en verdad está creado para lo que es grande, para el
infinito. Cualquier otra cosa es insuficiente. San
Agustín tenía razón: nuestro corazón está inquieto,
hasta que no descansa en Ti. El deseo de la vida
más grande es un signo de que Él nos ha creado,
de que llevamos su “huella”. Dios es vida, y cada
criatura tiende a la vida; en un modo único y especial,
la persona humana, hecha a imagen de Dios, aspira al
amor, a la alegría y a la paz. Entonces comprendemos
que es un contrasentido pretender eliminar a Dios para
que el hombre viva. Dios es la fuente de la vida;
eliminarlo equivale a separarse de esta fuente e,
inevitablemente, privarse de la plenitud y la alegría:
«sin el Creador la criatura se diluye» (Con. Ecum.
Vaticano. II, Const. Gaudium et Spes, 36). La cultura
actual, en algunas partes del mundo, sobre todo en
Occidente, tiende a excluir a Dios, o a considerar
la fe como un hecho privado, sin ninguna relevancia
en la vida social. Aunque el conjunto de los valores,
que son el fundamento de la sociedad, provenga del
Evangelio –como el sentido de la dignidad de la persona,
de la solidaridad, del trabajo y de la familia–,
se constata una especie de “eclipse de Dios”, una
cierta amnesia, más aún, un verdadero rechazo del
cristianismo y una negación del tesoro de la fe
recibida, con el riesgo de perder aquello que más
profundamente nos caracteriza.

Por este motivo, queridos amigos, os invito a
intensificar vuestro camino de fe en Dios, Padre
de nuestro Señor Jesucristo. Vosotros sois el
futuro de la sociedad y de la Iglesia. Como
escribía el apóstol Pablo a los cristianos de
la ciudad de Colosas, es vital tener raíces y
bases sólidas. Esto es verdad, especialmente
hoy, cuando muchos no tienen puntos de referencia
estables para construir su vida, sintiéndose así
profundamente inseguros. El relativismo que se
ha difundido, y para el que todo da lo mismo y
no existe ninguna verdad, ni un punto de
referencia absoluto, no genera verdadera libertad,
sino inestabilidad, desconcierto y un conformismo
con las modas del momento. Vosotros, jóvenes,
tenéis el derecho de recibir de las generaciones
que os preceden puntos firmes para hacer vuestras
opciones y construir vuestra vida, del mismo modo
que una planta pequeña necesita un apoyo sólido
hasta que crezcan sus raíces, para convertirse en
un árbol robusto, capaz de dar fruto.

2. Arraigados y edificados en Cristo

Para poner de relieve la importancia de la fe en
la vida de los creyentes, quisiera detenerme
en tres términos que san Pablo utiliza en:
«Arraigados y edificados en Cristo, firmes
en la fe» (cf. Col 2, 7). Aquí podemos
distinguir tres imágenes: “arraigado”
evoca el árbol y las raíces que lo alimentan;
“edificado” se refiere a la construcción;
“firme” alude al crecimiento de la fuerza física
o moral. Se trata de imágenes muy elocuentes.
Antes de comentarlas, hay que señalar que en
el texto original las tres expresiones, desde
el punto de vista gramatical, están en pasivo:
quiere decir, que es Cristo mismo quien toma
la iniciativa de arraigar, edificar y hacer
firmes a los creyentes.

La primera imagen es la del árbol, firmemente
plantado en el suelo por medio de las raíces,
que le dan estabilidad y alimento. Sin las
raíces, sería llevado por el viento, y moriría.
¿Cuáles son nuestras raíces? Naturalmente,
los padres, la familia y la cultura de nuestro
país son un componente muy importante de nuestra
identidad. La Biblia nos muestra otra más. El
profeta Jeremías escribe: «Bendito quien confía
en el Señor y pone en el Señor su confianza:
será un árbol plantado junto al agua, que junto
a la corriente echa raíces; cuando llegue el
estío no lo sentirá, su hoja estará verde;
en año de sequía no se inquieta, no deja de
dar fruto» (Jer 17, 7-8). Echar raíces, para
el profeta, significa volver a poner su
confianza en Dios. De Él viene nuestra vida;
sin Él no podríamos vivir de verdad. «Dios nos
ha dado vida eterna y esta vida está en su Hijo»
(1 Jn 5,11). Jesús mismo se presenta como nuestra
vida (cf. Jn 14, 6). Por ello, la fe cristiana
no es sólo creer en la verdad, sino sobre todo
una relación personal con Jesucristo. El encuentro
con el Hijo de Dios proporciona un dinamismo nuevo
a toda la existencia. Cuando comenzamos a tener una
relación personal con Él, Cristo nos revela nuestra
identidad y, con su amistad, la vida crece y se
realiza en plenitud. Existe un momento en la juventud
en que cada uno se pregunta: ¿qué sentido tiene mi vida,
qué finalidad, qué rumbo debo darle? Es una fase
fundamental que puede turbar el ánimo, a veces durante
mucho tiempo. Se piensa cuál será nuestro trabajo,
las relaciones sociales que hay que establecer, qué
afectos hay que desarrollar… En este contexto, vuelvo
a pensar en mi juventud. En cierto modo, muy pronto
tomé conciencia de que el Señor me quería sacerdote.
Pero más adelante, después de la guerra, cuando en
el seminario y en la universidad me dirigía hacia
esa meta, tuve que reconquistar esa certeza. Tuve
que preguntarme: ¿es éste de verdad mi camino? ¿Es
de verdad la voluntad del Señor para mí? ¿Seré capaz
de permanecerle fiel y estar totalmente a disposición
de Él, a su servicio? Una decisión así también causa
sufrimiento. No puede ser de otro modo. Pero después
tuve la certeza: ¡así está bien! Sí, el Señor me
quiere, por ello me dará también la fuerza. Escuchándole,
estando con Él, llego a ser yo mismo. No cuenta la
realización de mis propios deseos, sino su voluntad.
Así, la vida se vuelve auténtica.

Como las raíces del árbol lo mantienen plantado firmemente
en la tierra, así los cimientos dan a la casa una
estabilidad perdurable. Mediante la fe, estamos
arraigados en Cristo (cf. Col 2, 7), así como una casa
está construida sobre los cimientos. En la historia
sagrada tenemos numerosos ejemplos de santos que han
edificado su vida sobre la Palabra de Dios. El primero
Abrahán. Nuestro padre en la fe obedeció a Dios, que le
pedía dejar la casa paterna para encaminarse a un país
desconocido. «Abrahán creyó a Dios y se le contó en su
haber. Y en otro pasaje se le llama “amigo de Dios”»
(St 2, 23). Estar arraigados en Cristo significa
responder concretamente a la llamada de Dios, fiándose
de Él y poniendo en práctica su Palabra. Jesús mismo
reprende a sus discípulos: «¿Por qué me llamáis:
“¡Señor, Señor!”, y no hacéis lo que digo?» (Lc 6, 46).
Y recurriendo a la imagen de la construcción de la casa,
añade: «El que se acerca a mí, escucha mis palabras y
las pone por obra… se parece a uno que edificaba una
casa: cavó, ahondó y puso los cimientos sobre roca;
vino una crecida, arremetió el río contra aquella casa,
y no pudo tambalearla, porque estaba sólidamente
construida» (Lc 6, 47-48).

Queridos amigos, construid vuestra casa sobre roca, como
el hombre que “cavó y ahondó”. Intentad también vosotros
acoger cada día la Palabra de Cristo. Escuchadle como
al verdadero Amigo con quien compartir el camino de
vuestra vida. Con Él a vuestro lado seréis capaces
de afrontar con valentía y esperanza las dificultades,
los problemas, también las desilusiones y los fracasos.
Continuamente se os presentarán propuestas más fáciles,
pero vosotros mismos os daréis cuenta de que se revelan
como engañosas, no dan serenidad ni alegría. Sólo la
Palabra de Dios nos muestra la auténtica senda, sólo
la fe que nos ha sido transmitida es la luz que ilumina
el camino. Acoged con gratitud este don espiritual que
habéis recibido de vuestras familias y esforzaos por
responder con responsabilidad a la llamada de Dios,
convirtiéndoos en adultos en la fe. No creáis a los
que os digan que no necesitáis a los demás para construir
vuestra vida. Apoyaos, en cambio, en la fe de vuestros
seres queridos, en la fe de la Iglesia, y agradeced al
Señor el haberla recibido y haberla hecho vuestra.

3. Firmes en la fe

Estad «arraigados y edificados en Cristo, firmes en la
fe» (cf. Col 2, 7). La carta de la cual está tomada
esta invitación, fue escrita por san Pablo para responder
a una necesidad concreta de los cristianos de la ciudad
de Colosas. Aquella comunidad, de hecho, estaba amenazada
por la influencia de ciertas tendencias culturales de la
época, que apartaban a los fieles del Evangelio. Nuestro
contexto cultural, queridos jóvenes, tiene numerosas
analogías con el de los colosenses de entonces. En efecto,
hay una fuerte corriente de pensamiento laicista que
quiere apartar a Dios de la vida de las personas y la
sociedad, planteando e intentando crear un “paraíso”
sin Él. Pero la experiencia enseña que el mundo sin Dios
se convierte en un “infierno”, donde prevalece el egoísmo,
las divisiones en las familias, el odio entre las personas
y los pueblos, la falta de amor, alegría y esperanza.
En cambio, cuando las personas y los pueblos acogen
la presencia de Dios, le adoran en verdad y escuchan
su voz, se construye concretamente la civilización del
amor, donde cada uno es respetado en su dignidad y crece
la comunión, con los frutos que esto conlleva. Hay
cristianos que se dejan seducir por el modo de pensar
laicista, o son atraídos por corrientes religiosas que
les alejan de la fe en Jesucristo. Otros, sin dejarse
seducir por ellas, sencillamente han dejado que se
enfriara su fe, con las inevitables consecuencias
negativas en el plano moral.

El apóstol Pablo recuerda a los hermanos, contagiados
por las ideas contrarias al Evangelio, el poder de
Cristo muerto y resucitado. Este misterio es el
fundamento de nuestra vida, el centro de la fe cristiana.
Todas las filosofías que lo ignoran, considerándolo
“necedad” (1 Co 1, 23), muestran sus límites ante las
grandes preguntas presentes en el corazón del hombre.
Por ello, también yo, como Sucesor del apóstol Pedro,
deseo confirmaros en la fe (cf. Lc 22, 32). Creemos
firmemente que Jesucristo se entregó en la Cruz para
ofrecernos su amor; en su pasión, soportó nuestros
sufrimientos, cargó con nuestros pecados, nos consiguió
el perdón y nos reconcilió con Dios Padre, abriéndonos
el camino de la vida eterna. De este modo, hemos sido
liberados de lo que más atenaza nuestra vida: la
esclavitud del pecado, y podemos amar a todos, incluso
a los enemigos, y compartir este amor con los hermanos
más pobres y en dificultad.

Queridos amigos, la cruz a menudo nos da miedo, porque
parece ser la negación de la vida. En realidad, es lo
contrario. Es el “sí” de Dios al hombre, la expresión
máxima de su amor y la fuente de donde mana la vida
eterna. De hecho, del corazón de Jesús abierto en la
cruz ha brotado la vida divina, siempre disponible
para quien acepta mirar al Crucificado. Por eso,
quiero invitaros a acoger la cruz de Jesús, signo
del amor de Dios, como fuente de vida nueva. Sin Cristo,
muerto y resucitado, no hay salvación. Sólo Él puede
liberar al mundo del mal y hacer crecer el Reino de
la justicia, la paz y el amor, al que todos aspiramos.

4. Creer en Jesucristo sin verlo

En el Evangelio se nos describe la experiencia de fe
del apóstol Tomás cuando acoge el misterio de la cruz
y resurrección de Cristo. Tomás, uno de los doce
apóstoles, siguió a Jesús, fue testigo directo de sus
curaciones y milagros, escuchó sus palabras, vivió el
desconcierto ante su muerte. En la tarde de Pascua,
el Señor se aparece a los discípulos, pero Tomás no
está presente, y cuando le cuentan que Jesús está
vivo y se les ha aparecido, dice: «Si no veo en sus
manos la señal de los clavos, si no meto el dedo en
el agujero de los clavos y no meto la mano en su
costado, no lo creo» (Jn 20, 25).

También nosotros quisiéramos poder ver a Jesús, poder
hablar con Él, sentir más intensamente aún su presencia.
A muchos se les hace hoy difícil el acceso a Jesús.
Muchas de las imágenes que circulan de Jesús, y que
se hacen pasar por científicas, le quitan su grandeza
y la singularidad de su persona. Por ello, a lo largo
de mis años de estudio y meditación, fui madurando la
idea de transmitir en un libro algo de mi encuentro
personal con Jesús, para ayudar de alguna forma a ver,
escuchar y tocar al Señor, en quien Dios nos ha salido
al encuentro para darse a conocer. De hecho, Jesús mismo,
apareciéndose nuevamente a los discípulos después de
ocho días, dice a Tomás: «Trae tu dedo, aquí tienes
mis manos; trae tu mano y métela en mi costado, y no
seas incrédulo, sino creyente» (Jn 20, 27). También
para nosotros es posible tener un contacto sensible
con Jesús, meter, por así decir, la mano en las señales
de su Pasión, las señales de su amor. En los Sacramentos,
Él se nos acerca en modo particular, se nos entrega.
Queridos jóvenes, aprended a “ver”, a “encontrar” a
Jesús en la Eucaristía, donde está presente y cercano
hasta entregarse como alimento para nuestro camino;
en el Sacramento de la Penitencia, donde el Señor
manifiesta su misericordia ofreciéndonos siempre
su perdón. Reconoced y servid a Jesús también en los
pobres y enfermos, en los hermanos que están en
dificultad y necesitan ayuda.

Entablad y cultivad un diálogo personal con Jesucristo,
en la fe. Conocedle mediante la lectura de los
Evangelios y del Catecismo de la Iglesia Católica;
hablad con Él en la oración, confiad en Él. Nunca
os traicionará. «La fe es ante todo una adhesión
personal del hombre a Dios; es al mismo tiempo e
inseparablemente el asentimiento libre a toda la
verdad que Dios ha revelado» (Catecismo de la Iglesia
Católica, 150). Así podréis adquirir una fe madura,
sólida, que no se funda únicamente en un sentimiento
religioso o en un vago recuerdo del catecismo de
vuestra infancia. Podréis conocer a Dios y vivir
auténticamente de Él, como el apóstol Tomás, cuando
profesó abiertamente su fe en Jesús: «¡Señor mío y
Dios mío!».

5. Sostenidos por la fe de la Iglesia, para ser testigos

En aquel momento Jesús exclama: «¿Porque me has visto
has creído? Dichosos los que crean sin haber visto»
(Jn 20, 29). Pensaba en el camino de la Iglesia,
fundada sobre la fe de los testigos oculares:
los Apóstoles. Comprendemos ahora que nuestra fe
personal en Cristo, nacida del diálogo con Él, está
vinculada a la fe de la Iglesia: no somos creyentes
aislados, sino que, mediante el Bautismo, somos
miembros de esta gran familia, y es la fe profesada
por la Iglesia la que asegura nuestra fe personal.
El Credo que proclamamos cada domingo en la Eucaristía
nos protege precisamente del peligro de creer en un
Dios que no es el que Jesús nos ha revelado: «Cada
creyente es como un eslabón en la gran cadena de los
creyentes. Yo no puedo creer sin ser sostenido por
la fe de los otros, y por mi fe yo contribuyo a sostener
la fe de los otros» (Catecismo de la Iglesia Católica,
166). Agradezcamos siempre al Señor el don de la Iglesia;
ella nos hace progresar con seguridad en la fe, que nos
da la verdadera vida (cf. Jn 20, 31).

En la historia de la Iglesia, los santos y mártires han
sacado de la cruz gloriosa la fuerza para ser fieles a
Dios hasta la entrega de sí mismos; en la fe han
encontrado la fuerza para vencer las propias debilidades
y superar toda adversidad. De hecho, como dice el
apóstol Juan: «¿quién es el que vence al mundo sino el
que cree que Jesús es el Hijo de Dios?» (1 Jn 5, 5).
La victoria que nace de la fe es la del amor. Cuántos
cristianos han sido y son un testimonio vivo de la
fuerza de la fe que se expresa en la caridad. Han sido
artífices de paz, promotores de justicia, animadores
de un mundo más humano, un mundo según Dios; se han
comprometido en diferentes ámbitos de la vida social,
con competencia y profesionalidad, contribuyendo
eficazmente al bien de todos. La caridad que brota de
la fe les ha llevado a dar un testimonio muy concreto,
con la palabra y las obras. Cristo no es un bien sólo
para nosotros mismos, sino que es el bien más precioso
que tenemos que compartir con los demás. En la era de
la globalización, sed testigos de la esperanza cristiana
en el mundo entero: son muchos los que desean recibir
esta esperanza. Ante la tumba del amigo Lázaro, muerto
desde hacía cuatro días, Jesús, antes de volver a
llamarlo a la vida, le dice a su hermana Marta: «Si
crees, verás la gloria de Dios» (Jn 11, 40). También
vosotros, si creéis, si sabéis vivir y dar cada día
testimonio de vuestra fe, seréis un instrumento que
ayudará a otros jóvenes como vosotros a encontrar el
sentido y la alegría de la vida, que nace del encuentro
con Cristo.

6. Hacia la Jornada Mundial de Madrid

Queridos amigos, os reitero la invitación a asistir a
la Jornada Mundial de la Juventud en Madrid. Con
profunda alegría, os espero a cada uno personalmente.
Cristo quiere afianzaros en la fe por medio de la
Iglesia. La elección de creer en Cristo y de seguirle
no es fácil. Se ve obstaculizada por nuestras
infidelidades personales y por muchas voces que nos
sugieren vías más fáciles. No os desaniméis, buscad
más bien el apoyo de la comunidad cristiana, el apoyo
de la Iglesia. A lo largo de este año, preparaos
intensamente para la cita de Madrid con vuestros
obispos, sacerdotes y responsables de la pastoral
juvenil en las diócesis, en las comunidades parroquiales,
en las asociaciones y los movimientos. La calidad de
nuestro encuentro dependerá, sobre todo, de la preparación
espiritual, de la oración, de la escucha en común de
la Palabra de Dios y del apoyo recíproco.

Queridos jóvenes, la Iglesia cuenta con vosotros. Necesita
vuestra fe viva, vuestra caridad creativa y el dinamismo
de vuestra esperanza. Vuestra presencia renueva la Iglesia,
la rejuvenece y le da un nuevo impulso. Por ello,
las Jornadas Mundiales de la Juventud son una gracia no
sólo para vosotros, sino para todo el Pueblo de Dios.
La Iglesia en España se está preparando intensamente
para acogeros y vivir la experiencia gozosa de la fe.
Agradezco a las diócesis, las parroquias, los santuarios,
las comunidades religiosas, las asociaciones y los
movimientos eclesiales, que están trabajando con
generosidad en la preparación de este evento. El Señor
no dejará de bendecirles. Que la Virgen María acompañe
este camino de preparación. Ella, al anuncio del Ángel,
acogió con fe la Palabra de Dios; con fe consintió que
la obra de Dios se cumpliera en ella. Pronunciando su
“fiat”, su “sí”, recibió el don de una caridad inmensa,
que la impulsó a entregarse enteramente a Dios. Que Ella
interceda por todos vosotros, para que en la próxima
Jornada Mundial podáis crecer en la fe y en el amor.
Os aseguro mi recuerdo paterno en la oración y os bendigo
de corazón.

Vaticano, 6 de agosto de 2010, Fiesta de la Transfiguración
del Señor.

BENEDICTUS PP. XVI


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miércoles, 3 de agosto de 2011

SANTA EDITH STEIN, CAMINO DEL CALVARIO

En la vida oculta y silenciosa se realiza la obra de la redención. En el diálogo silencioso del corazón con Dios se preparan las piedras vivas con las que va creciendo el Reino de Dios y se forjan los instrumentos selectos que promueven su construcción.




SANTA TERESA BENEDICTA DE LA CRUZ

-EDITH STEIN
9 de Agosto
Ver también sus escritos:
Cartas y documentos -Ed. Monte Carmelo
-El Misterio de la Navidad -Edith Stein
-Cruz: única esperanza
Libro recomendado
Judía de nacimiento, abraza la fe católica ya siendo profesora de universidad y reconocida filósofa. Entra en las Carmelitas descalzas y muere víctima de los nazis en Aushwitz. Canonizada por Juan Pablo II el 11 de Octubre, 1998
Consideró su conversión a la fe católica como una conversión también hacia una mas profunda identificación con su identidad judía.
Su testimonio ilustra dos temas inseparables: La unidad entre el judaísmo y la fe católica y el valor del sufrimiento.

"Sta. Edith Stein vio en el holocausto un aspecto del sufrimiento expiatorio... un valor redentivo para todo el mundo (y) un vínculo específico entre su sacrificio y la gracia especial necesaria para propiciar la conversión de los judíos" Salvation is from the Jews, de Roy Schoeman. La santa murió con un grupo compuesto casi enteramente de judíos bautizados.
Teresa Benedicta de la Cruz,
(Edith Stein)- Biografía

Nació el 12 de octubre de 1891, en la entonces ciudad alemana de Breslau (hoy Wroclaw-capital de la Silesia, que pasó a pertenecer a Polonia después de la Segunda Guerra Mundial).

Ella era la menor de los 11 hijos que tuvo el matrimonio Stein. Sus padres, Sigfred y Auguste, dedicados al comercio, eran judíos. Él murió antes de que Edith cumpliera los dos años, y su madre hubo de cargar con la dirección del comercio y la educación de sus hijos.

Edith escribió de sí misma que de niña era muy sensible, dinámica, nerviosa e irascible, pero que a los siete años ya empezó en ella a madurar un temperamento reflexivo. Pronto se destacaría por su inteligencia y por su capacidad de estar abierta a los problemas que la rodean.

En plena adolescencia deja la escuela y la religión porque no encuentra en ellas sentido para la vida. Surgen sus grandes dudas existenciales sobre el sentido de la vida del hombre en general, y se percata de la discriminación que sufre la mujer. Desde ahí inicia su búsqueda, motivada por un sólo principio: "estamos en el mundo para servir a la humanidad".

Fue una brillante estudiante de fenomenología, en la Universidad de Gottiengen. Husserl la escoge antes que a Martín Heidegger (uno de los filósofos más importantes del siglo XX) para ser su asistente de cátedra. Como mujer, en la época de 1916 esto era un logro impresionante. Partiendo de una personalidad marcada fuertemente por la determinación, la tenacidad, terquedad y seguridad en sí misma, recibió el título de Filosofía de la Universidad de Friburgo.

Siendo una mujer con una personalidad de alta tensión y fuertemente pasional, así como totalmente racionalista y atea, en el fondo mismo de su corazón, la semilla de la generosidad y servicio a la humanidad causaba un profundo cuestionamiento existencial. Fue así que decidió enlistarse en la Cruz Roja como enfermera durante la primera Guerra mundial. Sus palabras fueron: "ahora mi vida no me pertenece. Todas mis energías están al servicio del gran acontecimiento. Cuando termine la Guerra, si es que vivo todavía, podré pensar de nuevo en mis asuntos personales. Si los que están en las trincheras tienen que sufrir calamidades, porqué he de ser yo una privilegiada?"

Todo esto revela la búsqueda de un alma buena, de un alma que en ese momento no conocía a Dios pero que, sin embargo, ante el sufrimiento ajeno, se hace solidaria. En 1915 recibe la “medalla al valor".

Otras características humanas de su carácter brillaron en ese período: su amabilidad, paz, silencio, servicio y dominio de sí misma. Todo el mundo la quería. Dios ya estaba preparando su alma para un día reinar en ella.

El Momento de la Conversión
En el año 1921, tras la muerte de un amigo muy cercano, Edith decide acompañar a la viuda, Hedwig Conrad, que también es muy amiga suya. Edith pensaba que se iba a encontrar con una mujer totalmente desconsolada ante la pérdida de su esposo tan querido. La muerte le causaba siempre un impacto interior muy grande, porque le hacia sentir la urgencia de dar respuesta a los grandes interrogantes de la vida. En este momento de su vida, ya vivía interiormente una cierta kenósis, pues había experimentado el vacío de las aspiraciones de las ideas filosóficas. Éstas no eran capaces de llenar su alma, ni de calmar su deseo de una verdad más profunda, más completa. Reconocía que en ellas quedaban grandes vacíos y lagunas. Edith buscaba más.

Fue por tanto de gran impacto para ella, encontrar que su amiga, no sólo no estaba desconsolada, sino que tenía una gran paz y gran fe en Dios. Viéndola, Edith deseaba conocer la fuente de esta paz y de esta fe. Mientras estaba en casa de la viuda Conrad, Edith tiene acceso a leer la biografía de quien pasaría a ser su maestra de vida interior y su Madre Fundadora, Santa Teresa de Jesús. Una vez que lo comienza, Edith no pudo soltar el libro, sino que pasó toda la noche leyendo hasta terminarlo. Intelectual y lógica como era, leía y analizaba cada página hasta que finalmente su raciocinio se sometió a la gracia haciéndola pronunciar aquellas palabras desde su corazón femenino: "ésta es la verdad".

La fenomenóloga brillante quiere rendirse a la gracia, pero atraviesa crisis profundas. Crisis a las que su voluntad se resiste. Edith estudia incansablemente "los fenómenos" que se van sucediendo en su alma, se apasiona por "explicar" qué es lo que pasa sin lograrlo. Esto la lleva a tener un cansancio crónico pero que finalmente le muestra lo que es el poder de la gracia de Dios en el alma.

Ella misma escribe: "hay un estado de sosiego en Dios, de total relajación de toda actividad espiritual, en el que no se hacen planes ningunos, no se toman decisiones de ninguna clase y, sobre todo, no se actúa, sino que todo el porvenir se deja a la voluntad de Dios, se abandona uno totalmente al "destino". Edith ha descubierto la verdad y se entrega: Seré Católica.

Unos pocos meses más tarde, sin más, Edith entra en una Iglesia Católica, y después de la Santa Misa, busca al sacerdote en la sacristía y le comunica su deseo de ser bautizada. Ante el asombro del Padre y cuestionamiento de su preparación para recibir el sacramento y de ser iniciada en la Fe Católica, Edith responde simplemente: ‘Haga la prueba.”

El día 1 de enero de 1922, Edith es bautizada Católica. Añade a su nombre el de Hedwig, en honor a su amiga quien fue instrumento en su conversión. Su bautismo es fuente de inmensas gracias. Ella reconoce, admirablemente, que su inserción en el Cuerpo Místico de Cristo como Católica, lejos de robarle su identidad como Judía, más bien le da cumplimiento y un sentido más profundo. Al ser Católica se siente mas Judía; encuentra en Jesucristo el sentido de toda su fe y vida como Judía. Este doble aspecto, crea en Edith un corazón auténticamente reconciliador entre las dos religiones.

Después de su bautismo emergió en ella, como fruto directo, la seguridad de su vocación a la vida religiosa. Ella misma escribía a su hermana Rosa en una ocasión: "Un cuerpo, pero mucho miembros. Un Espíritu, pero muchos dones. ¿Cuál es el lugar de cada uno? Ésta es la pregunta vocacional. La misma no puede ser contestada sólo en base de auto-examen y de un análisis de los posibles caminos. La solución debe ser pedida en la oración y en muchos casos debe ser buscada a través de la obediencia".

Es difícil a una mujer tan acostumbrada a la vida independiente y con la tenacidad de su carácter someterse a la obediencia. Pero en efecto, lo hizo.

Vida Apostólica
Edith deseaba entrar casi inmediatamente a la vida religiosa, pero el Padre que en ese momento la aconsejaba espiritualmente, reconociendo los dones extraordinarios que ella poseía, la disuade, considerando que aún tenía mucho bien que hacer por medio de sus actividades “en el mundo”. Así, Edith empieza un periodo de apostolado fecundo y de un alcance impresionante.

Empieza a trabajar como maestra en la escuela de formación de maestras de las dominicas de Santa Magdalena. Aquí establece amistosas relaciones con varias profesoras y alumnas, amistades que durarán toda su vida.

Además de sus clases, escribe, traduce, e imparte conferencias. Durante estos años realizó, además de otros trabajos menores, dos obras voluminosas: La traducción al alemán de las cartas y diarios del Cardenal Newman, y la traducción, en dos tomos, de las Cuestiones sobre la verdad de Santo Tomás de Aquino. Este se convertirá en base fundamental para sus obras filosóficas, escritas luego en el Carmelo.

También durante esta época, da varias conferencias y programas radiales dentro y fuera de Alemania, siendo reconocida notablemente por sus colegas.

Aún en medio de tanta actividad apostólica, Edith busca siempre que puede, sobre todo en Semana Santa, la soledad y la paz de la abadía benedictina de Beuron. Su amor a la Liturgia de la Iglesia la lleva a pasar horas en la capilla y a celebrar las diferentes horas de oración junto con los benedictinos. Cuando más tarde debe escoger un nombre religioso, decide agregarse el nombre de Benedicta, en reconocimiento de las muchas gracias que recibió durante sus horas con la orden benedictina.

En 1933, las situaciones políticas en Alemania van empeorando. El 1 de abril de 1933, el nuevo Gobierno nazi ordena a los profesores no-arios que abandonen “de forma espontánea”, sus profesiones. Aunque teme por la situación cada vez más precaria para los judíos, Edith y su director espiritual reconocen que, por esta eventualidad, no hay nada que ya le impida su entrada al Carmelo, lo cual ha sido su sueño mas constante durante los últimos 11 años. Y así, en el momento más fecundo de su profesión, Edith decide escuchar y acceder a la voz de su corazón, abrazando la vida religiosa. La famosa y brillante conferencista católica renuncia al mundo y voluntariamente pasa a ser parte del anonimato por tanto tiempo anhelado.

"¡Una verdadera locura!" ¿Cómo a alguien se le ocurre renunciar a la fama y al éxito de esa manera especialmente después de tanta lucha? Ella, que hubiera sido nombrada "Filósofa del siglo XX" si no se hubiese retirado... Pero Stein desapareció de la vida pública y la Orden del Carmelo abrió sus puertas a una de las grandes pensadoras de nuestra época.

Su Familia
En este momento, sería oportuno destacar lo que significa todo esto para la familia de Edith y sobre todo para su mamá. Más que su profesión, y más que su trabajo a favor de la mujer y sus derechos, fue la incomprensión de su mamá, lo que le causó un verdadero martirio interior a la santa. Para su madre, los actos de Edith constituían una traición familiar que no aceptaría jamás. Su madre, que nunca había comprendido su conversión al catolicismo, sufre un duro golpe con la nueva decisión de su hija más querida de entrar en la vida religiosa, y se niega a escuchar sus explicaciones. Edith abraza este profundo sufrimiento que traspasó su corazón, por seguir la voluntad de Dios, costara lo que costara.

Entrada al Convento de Colonia
El 15 de abril de 1934, toma el hábito carmelitano y cambia su nombre a Teresa Benedicta de la Cruz. Son muchos quienes traducen su nombre como Teresa “bendecida por la cruz”. Ella no ha tomado su nombre a la ligera; ha entendido bien que abrazar la vida religiosa no tiene otro fin que la entrega generosa del alma en la cruz, en unión con el Crucificado, para el bien de las almas.

Ella escribe: “Mira hacia el Crucificado. Si estás unida a él, como una novia en el fiel cumplimiento de tus santos votos, es tu sangre y Su sangre preciosa las que se derraman. Unida a él, eres como el omnipresente. Con la fuerza de la Cruz, puede estar en todos los lugares de aflicción.”

Y también: “Hay una vocación a sufrir con Cristo y por lo tanto a colaborar en su obra de redención. Si estamos unidos al Señor, entonces somos miembros del Cuerpo Místico de Cristo. Todo sufrimiento llevado en unión con el Señor es un sufrimiento que da fruto porque forma parte de la gran obra de redención.”

El 21 de abril de 1935, acabado el año de noviciado, hace su primera profesión religiosa y el 21 de abril de 1938, su profesión solemne.

Es durante estos años que concluyó una de las más admirables y profundas de sus obras, no ya para brillar, sino para obedecer. Se trata de la gran obra titulada: Ser Finito y Eterno. En esta obra, Edith trata las preguntas mas existenciales del hombre; reconoce la sed infinita que posee el hombre de conocer la verdad y de experimentar su fruto, entendido desde la realidad de lo eterno y lo trascendental. Y así busca unir las dos fuentes que conducen al hombre al conocimiento de si mismo y de la verdad: la fe y la filosofía.

Una vez mas, la situación de los judíos y de los que los acogen o apoyan empeora. Y ante la hostilidad creciente, sobre todo después de la famosa noche de los “Cristales Rotos” (entre el 9 y 10 de noviembre de 1938), Edith pide trasladarse del Carmelo de Colonia para evitar peligros a la comunidad. Es trasladada, --junto con su hermana Rosa, quien, después de la muerte de la mamá, se había convertido al Catolicismo como Edith y era una hermana lega de la comunidad- al Convento Carmelita de Holanda.

Es aquí donde Edith empieza a escribir, en 1941, su última y más ilustre obra: La Ciencia de la Cruz. Hecha por obediencia a sus superiores, más que una obra intelectual, es el fruto de su propio camino interior de inmolación y victimazgo en imitación al Cordero Inmolado. Teresa Benedicta de la Cruz ha deseado con todo su ser, dar respuesta a la vocación de la entrega total, hasta la Cruz. Entrega su propia vida a favor de los pecadores, y por la liberación de su pueblo, de la situación tan horrenda que viven bajo los nazis. El estar detrás de las puertas del Carmelo no ha acallado las voces del sufrimiento de su pueblo, ni del horror de la guerra. La Hermana Teresa está profundamente preocupada por la situación del pueblo judío en general, y ve en su entrega sacrificial la oportunidad de responder. Este deseo creciente del ofrecimiento de sí misma como víctima por su pueblo, por la conversión de Alemania y por la paz en el mundo, se hace cada vez más vivo. Su modo de apostolado se había transformado en el apostolado del sufrimiento.

Ella escribe: “Yo hablaba (en una ocasión) con el Salvador y le decía que sabía que era su Cruz la que ahora había sido puesta sobre el pueblo judío. La mayoría no lo comprendían; mas aquellos que lo sabían, deberían echarla de buena gana sobre sí en nombre de todos. Al terminar el retiro, tenía la más firme persuasión de que había sido oída por el Señor. Pero dónde había de llevarme la Cruz, aún era desconocido para mí.”

El pueblo sufría y la Hermana Teresa, por amor, desea sufrir con él. “El amor desea estar con el amado.” Decidida en su vocación a la Cruz a favor de su pueblo y de los pecadores, la Hermana Teresa hace una petición por escrito a su Priora, pidiendo permiso para ofrecerse como víctima:

“Querida Madre, permítame Vuestra Reverencia, el ofrecerme en holocausto al Corazón de Jesús para pedir la verdadera paz: que la potencia del Anticristo desaparezca sin necesidad de una nueva guerra mundial y que pueda ser instaurado un orden nuevo. Yo quiero hacerlo hoy porque ya es medianoche. Sé que no soy nada, pero Jesús lo quiere, y Él llamará aún a muchos más en estos días.”

Como Católica, la Hermana Teresa, vive su realidad judía en plenitud. Es llamada a responder como respondió la Reina Ester a favor de su pueblo. Su función consiste en interceder con toda el alma y con una disposición total para conseguir lo que pide, incluso contando con la posible pérdida de la vida. Pero lo hace en total unión con el ofrecimiento del Divino Mesías. Quiere colaborar en lo que falta a la Pasión de Cristo.

Ella escribe: “Y es por eso que el Señor ha tomado mi vida por todos. Tengo que pensar continuamente en la Reina Ester que fue arrancada de su pueblo para interceder ante el rey por su pueblo. Yo soy una pobre e impotente pequeña Ester, pero el rey que me ha escogido es infinitamente grande y misericordioso. Esto es un gran consuelo.”

En 1942 empiezan las deportaciones de judíos. Luteranos, calvinistas y católicos acuerdan leer el mismo día un texto conjunto de protesta en sus servicios religiosos. La Gestapo amenaza a todas las autoridades cristianas de Holanda con extender la orden de deportación a los judíos conversos a sus credos. Los calvinistas y los luteranos dan marcha atrás, pero Pío XII se mantiene firme. El texto de condena se lee en todas las iglesias católicas de Holanda. La venganza se cumple unos días mas tarde. Las SS invaden el convento del Carmelo de Echt y se llevan a dos monjas judías conversas: Edith y Rosa Stein.

No era la primera vez que la Iglesia protestaba y sufría. Ya el día de la Pascua de 1939, la encíclica de Pío XI condenando duramente el nazismo, se había leído desde todos los púlpitos de Alemania. Muchos sacerdotes y católicos comprometidos habían sufrido graves consecuencias.
Esta condenaba ocurrió antes que Francia e Inglaterra se decidieran contra Hitler.

Esta vez las fuerzas Nazi de Ocupación, en retaliación por las declaraciones de los obispos católicos de Holanda en contra de las deportaciones de los judíos, declaran a todos los católicos-judíos “apartidas”. A la vista de los graves peligros que corren en Holanda, la comunidad del Carmelo comienza los trámites para que Edith y Rosa puedan emigrar a Suiza, pero los intentos no dan resultado. El 2 de agosto del año 1942, miembros de la SS se presentan en el convento y apresan a la Hermana Teresa Benedicta de la Cruz y a su hermana Rosa para conducirlas al campo de concentración de Auschwitz. Al salir del convento, la Hermana Teresa cogió tranquilamente a su hermana de la mano y le dijo: “¡Ven, hagámoslo por nuestro pueblo!” Estas palabras eran eco de unas que había escrito mucho antes pero con la misma dedicación y determinación:

“Yo sólo deseo que la muerte me encuentre en un lugar apartado, lejos de todo trato con los hombres, sin hermanos de hábito a quienes dirigir; sin alegrías que me consuelen, y atormentada de toda clase de penas y dolores. He querido que Dios me pruebe como a sierva, después de que Él ha probado en el trabajo la tenacidad de mi carácter; he querido que me visite en la enfermedad, como me ha tentado en la salud y la fuerza; he querido que me tentase en el oprobio, como lo ha hecho con el buen nombre que he tenido ante mis enemigos. Dígnate, Señor, coronar con el martirio la cabeza de tu indigna sierva.”

En la Cima de la Cruz
Al ser tomadas del Convento de Holanda, primero son trasladadas la Hermana Teresa y Rosa, al campo de concentración de Mersforrt. A empujones y golpes de culata las metieron en barracones llenos de suciedad. Tenían que dormir sobre somieres de hierro sin colchón; a los servicios tenían que ir en grupo y las vigilaban mientras los utilizaban. Los hombres del SS se divertían colocando a las monjas contra la pared y apuntando hacia ellas los fusiles sin el seguro. En aquella horrible situación, una gran paz emanaba de Edith Stein.

En la noche del 4 de agosto, obligaron de nuevo a los prisioneros a subir a los medios de transporte, llevándoles hacia el norte del país. Durante este traslado, eran muchos los que morían por las asfixia y otros se volvían locos por la desesperación. La caravana se detuvo en un lugar descampado, y entre bosques y prados, obligaron a las 1200 personas que llevaban a ir hacia el campo de Westerbork.

Durante toda esta trayectoria horrenda, los prisioneros quedaban admirados ante la serenidad de Edith. Algunos de los sobreviventes dan testimonio de la paz interior de la santa:

“Las lamentaciones en el campamento, y el nerviosismo en los recién llegados, eran indescriptibles. Edith Stein iba de una parte a otra, entre las mujeres, consolando, ayudando, tranquilizando como un ángel. Muchas madres, a punto de enloquecer, no se habían ocupado de sus hijos durantes días. Edith se ocupaba inmediatamente de los pequeños, los lavaba, peinaba y les buscaba alimento.”

Otro dice:

“Había una monja que me llamó inmediatamente la atención y a la que jamás he podido olvidar, a pesar de los muchos episodios repugnantes de los que fui testigo allí. Aquella mujer, con una sonrisa que no era una simple máscara, iluminaba y daba calor. Yo tuve la certeza de que me hallaba ante una persona verdaderamente grande. En una conversación dijo ella: “El mundo está hecho de contradicciones; en último término nada quedará de estas contradicciones. Sólo el gran amor permanecerá. ¿Cómo podría ser de otra manera?”

Y finalmente otro:

“Tengo la impresión de que ella pensaba en el sufrimiento que preveía, no en su propio sufrimiento, --por eso estaba bastante tranquila, demasiado tranquila, diría yo--, sino en el sufrimiento que aguardaba a los demás. Cuando yo quiero imaginármela mentalmente sentada en el barracón, todo su porte externo despierta en mí la idea de una Pietá sin Cristo.”

Después de varios tormentos y humillaciones indescriptibles, el 7 de agosto, apenas salido el sol, Edith y su hermana, junto con unos mil judíos, son trasladados una vez más. Su destino es Auschwitz. Llegan al campo de concentración el mismo 9 de agosto y los prisioneros son conducidos inmediatamente a la cámara de gas. Es ahí donde Edith encuentra la culminación de su ofrecimiento como Esposa de Cristo. Muere como mártir, ofreciéndose como holocausto para la salvación de las almas, por la liberación de su pueblo y por la conversión de Alemania. Con la oración de un Padrenuestro en los labios, Edith da el sentido mas pleno a su vida, entregándose por todos, por amor...

Sin duda podemos declarar que la vida de Teresa fue bendecida por la Cruz. Con su vida, la Hermana Teresa repite las palabras de su gran madre espiritual, Sta Teresa de Ávila: “No me arrepiento de haberme entregado al Amor.”

Edith Stein fue canonizada como mártir en 1998 por el Papa Juan Pablo II, quien le dio el titulo de “mártir de amor”. En octubre de 1999, fue declarada co-patrona de Europa.

Su último testamento:
El telegrama que Edith había enviado a la Priora de Echt antes de ser llevada a Auschwitz, contenía esta declaración: "No se puede adquirir la ciencia de la Cruz más que sufriendo verdaderamente el peso de la cruz. Desde el primer instante he tenido la convicción íntima de ello y me he dicho desde el fondo de mi corazón: Salve, OH Cruz, mi única esperanza".

Sta. Teresa Benedicta de la Cruz... Ruega por nosotros!

De los escritos espirituales de Santa Teresa Benedicta de la Cruz
(Edith Stein Weke, II. Band, Verborgenes Leben ‘Vida Escondida’ Freiburg-Basel-Wien 1987, S. 124-126)

Ave Crux, spes unica
“Te saludamos, Cruz santa, única esperanza nuestra” Así lo decimos en la Iglesia en el tiempo de Pasión, tiempo dedicado a la contemplación de los amargos sufrimientos de Nuestro Señor Jesucristo.

El mundo está en llamas: la lucha entre Cristo y el Anticristo ha comenzado abiertamente, por eso si te decides en favor de Cristo, ello puede acarrearte incluso el sacrificio de la vida.

Contempla al Señor que ante ti cuelga del madero, porque ha sido obediente hasta la muerte de Cruz.

Él vino al mundo no para hacer su voluntad, sino la del Padre. Si quieres ser la esposa del Crucificado debes renunciar totalmente a tu voluntad y no tener más aspiración que la de cumplir la voluntad de Dios.

Frente a ti el Redentor pende de la Cruz despojado y desnudo, porque ha escogido la pobreza. Quienquiera seguirlo debe renunciar a toda posesión terrena.

Ponte delante del Señor que cuelga de la Cruz, con corazón quebrantado; Él ha vertido la sangre de su corazón con el fin de ganar el tuyo. Para poder imitarle en la santa castidad, tu corazón ha de vivir libre de toda aspiración terrena; Jesús crucificado debe ser el objeto de toda tu tendencia, de todo tu deseo, de todo tu pensamiento.

El mundo está en llamas: el incendio podría también propagarse a nuestra casa, pero por encima de todas las llamas se alza la cruz, incombustible. La cruz es el camino que conduce de la tierra al cielo.

Quien se abraza a ella con fe, amor y esperanza se siente transportado a lo alto, hasta el seno de la Trinidad.

El mundo está en llamas: ¿Deseas apagarlas? Contempla la cruz: del Corazón abierto brota la sangre del Redentor, sangre capaz de extinguir las mismas llamas del infierno. Mediante la fiel observancia de los votos, mantén tu corazón libre y abierto; entonces rebosarán sobre él los torrentes del amor divino, haciéndolo desbordar fecundamente hasta los confines de la tierra.

Gracias al poder de la cruz puedes estar presente en todos los lugares del dolor a donde te lleve tu caridad compasiva, una caridad que dimana del Corazón Divino, y que te hace capaz de derramar en todas partes su preciosísima sangre para mitigar, salvar y redimir.

El Crucificado clava en ti los ojos interrogándote, interpelándote. ¿Quieres volver a pactar en serio con Él la alianza? Tú sólo tienes palabras de vida eterna. ¡Salve, Cruz, única esperanza!


RESPONSORIO 1Co 1, 24b
R. Nosotros predicamos a Cristo crucificado: escándalo para los judíos, necedad para los gentiles; * Pero para los llamados, judíos o griegos, un Mesías que es fuerza de Dios y sabiduría de Dios.

V. El deseo de mi corazón y mi plegaria pidiendo su salvación suban hasta el Señor. * Pero para los llamados.



de: www.corazones.org












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